EVOLUCIONAR

Posted by admin on 27 enero, 2011

En el nombre de Dios. El Clemente. El Misericordioso.
Uno de nuestros sabios visitantes nos contó que a lo largo de los años en que regresaba a nuestro humilde refugio, su viaje hasta llegar a nosotros, habí­a sido una aventura apasionante, no solo por los parajes que recorrí­a para hacer un alto en el camino cuando llegaba a nuestro caravasar, sino que no habí­a otra posada en muchas leguas, por lo que era necesario acumular experiencia para así­ ir acostumbrándose a que el camino aún pareciendo el mismo, continuamente nos sorprende por las múltiples visicitudes que se pueden vivir en él. Y al respecto de todo esto, nos contó la siguiente historia:
“Sucedió hace algún tiempo que un hombre fue a buscar al imán Nasrudí­n a la aldea que alguien le habí­a indicado como residencia habitual del mulá. Una vez que hubo llegado al lugar, preguntó a uno de los vecinos a donde se tení­a que dirigir para encontrarse con aquel de quien todos hablaban maravillas y no paraban. El hombre miró con estupor al forastero e intuyendo que a quien buscaba era a su vecino, le mostró el camino adecuado advirtiéndole que se armara de paciencia porque el imán Nasrudí­n podí­a pasarse dí­as junto al rio meditando y en su ensimismamiento era probable que se hubiera olvidado regresar a casa. El forastero le dio las gracias y acto seguido se llegó hasta la vivienda que le habí­an indicado y golpeó fuertemente la aldaba. Cual no fue su sorpresa cuando la puerta se abrió y ahí­ mismo estaba el mulá en persona impecablemente vestido.
- Quien eres y que deseas forastero.
- - Oh, gran sabio, he llegado de muy lejos para hacerle una pregunta muy importante para mí­ y para todo aquel que busca la iluminación.
Nasrudí­n contempló al hombre durante unos minutos, se frotó las manos, se quitó una mota imaginaria de polvo del turbante, se acarició la barba e hizo pasar al interior de la casa al forastero, con gran ceremonia y pompa le invitó a que tomara asiento sobre unos cojines al tiempo que carraspeando le dijo:
- El secreto de la iluminación consiste en no equivocarse nunca.
- ¡Ah! – dijo el hombre – así­ que era eso y…¿Cómo he de hacer para no equivocarme?
- Con la herramienta más importante que posee el ser humano: La experiencia.
- Y, ¿Cómo se obtiene dicha experiencia, amado maestro?
- Muy fácil: ¡Equivocándose!

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